
Probablemente aprendí a comportarme como alguien que es adicto a las pesadillas o a las ilusiones. Si el dolor es inherente a la existencia, puede deberse en gran medida a esto. Dicen que el Homo sapiens gobernó el mundo y sobresalió de las demás especies humanas gracias a su cerebro capaz de imaginar muchos escenarios. Esta herramienta pudo ayudar a la planificación, a la estrategia, al lenguaje… y también al sufrimiento.
Puedo, de manera consciente, recordar algo que me dolió. Puedo hablar dentro de mi cabeza sobre eso cuantas veces quiera y decir lo que sea al respecto. Puedo alimentar esas sensaciones y emociones a partir de ese recuerdo, de la ilusión de que algo que ya no es sigue siendo. ¿Dónde aprendí que esto es de utilidad? Pero sobre todo: ¿qué pasa cuando esto opera sin que yo me dé cuenta, aparentemente fuera de mi voluntad? Puede ser que a esto también le llame instinto.
Puedo desear algo, mantener la ilusión en mi cabeza, la esperanza de que algún día será. Quizá eso mantenga mi adicción a sentir comodidad y alivio. Pero, sobre todo, puede mantener el hábito de imaginar que puedo ser admirado y querido. Porque quizá eso también es instinto: permanecer y pertenecer a la manada.
Entonces me doy cuenta de que quizá estoy operando, existiendo en muchos aspectos, con programaciones de fábrica, por default, y que a pesar de que puedo pensar que tengo el control de mi vida, no es más que eso: una ilusión. Que eso a lo que yo llamé “darme respeto”, “darme mi lugar” o “amor propio” poniéndome primero, no era más que arrogancia y orgullo: el disfraz perfecto de la ignorancia y el miedo.
¿Cómo sé que al escribir esto no estoy buscando tener la razón para regodearme en ese mismo orgullo? Ese orgullo que me hace creer, a veces, que tengo derecho a todo, que el mundo tiene la obligación de ponerme atención y de hacerme una existencia importante, una existencia que no pasará desapercibida.
El otro día leí que estamos constantemente en la línea delgada entre ser mejores y ser peores. Supongo, entonces, que no hay garantía de que estas palabras sean puras, sobre todo porque deseo que las leas.
Pero hay algo muy curioso: aunque suena totalmente, y con todas sus letras, a paja mental… tal vez no lo sea. Hay un término que ya había escuchado hace muchos años, pero que apenas recientemente le he encontrado un sentido más práctico, más palpable, sobre todo más posible: transmutación.
¿Qué tal si puedo utilizar este poder humano de imaginar, de hablar dentro de mí mismo cualquier historia, para redirigir, para reencuadrar? Puedo entonces decir que me importa que lo leas, que encontraré satisfacción en que sea de utilidad, pero que no tengo ningún interés en que me afirmes o me valides, ni siquiera en convertirme en alguien agradable para tus ojos. ¿Estaría mintiendo?
Creo que todo depende de mí, de mi conocimiento sobre mí mismo, pero sobre todo de la práctica que tenga sobre este mono brincón que llamo mi mente. De cultivar ese estado en donde ese pensamiento es verdad, donde esa sensación agradable de compasión, de desinterés, de desapego —como sea que se le quiera llamar— existe.
Escuché una historia que me pareció realmente fascinante. Un santo, con un conocimiento muy profundo de su persona, se encontró en un trance tan hondo que se hallaba entre el mundo humano y el de los espíritus. El dominio que él tenía de ese estado era mayúsculo. La bondad y la sabiduría que había cultivado lo acercaban sin duda a un estado de iluminación. Pero aun así, llamó la atención de dos espíritus malignos, que se acercaron tanto a él como para quitarle la vida.
Este santo se dio cuenta. Pudo haber sentido miedo, pero eso habría significado perder por completo su temple y su trance, dejándolo en la peor posición para defenderse. Cualquier distracción lo habría matado frente a esos dos seres oscuros. En cambio, hizo un movimiento maestro de transmutación: agradeció la presencia de esos seres, porque le permitían concentrarse de manera inamovible en su atención y su estado meditativo. Optó por agradecerles su presencia, convirtiéndolos en cómplices de la creación y fortalecimiento de su santidad.
Cualquier momento tiene el potencial de fallar o de acertar.
Cualquier moraleja puede ser buena, pero a mí me sirve mucho dirigirla al punto inicial. Muchas pesadillas, muchas ilusiones, vienen de juzgar. Si ese santo se hubiera juzgado asi mismo como: Que pendejo, atraje a unos demonios, eso me pasa por jugarle al chingon. ¿Qué hubiera pasado? ¿cuántas veces al día emito un juicio negativo sobre mi o sobre los demás? ¿Cuántos de esos juicios aseguro que tengo la razón? ¿Cuántas veces que creo que tengo la razón uso para sentirme superior a los demás? ¿Cómo se relaciona ese sentimiento de superioridad con mi necesidad de no sentir miedo al abandono o al rechazo? ¿Cuánto de todo eso es simplemente una ilusión?
Deja un comentario