La carta del loco

Escritos del viaje del ser

Jugar en paz

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La mente reacciona con violencia ante cualquier estímulo: se apresura a juzgar, calcular, anticipar. ¿Existe un punto intermedio donde habite la conciencia? ¿Un lugar donde el yo no sea solo eco de lo que lo toca? A veces sospecho que lo que creo ser no es más que una secuencia de impulsos —una coreografía involuntaria entre lo que me afecta y lo que me condiciona.

No tengo certeza. Solo esta extraña mezcla de confusión y claridad. Me siento raro, como si hubiera descubierto algo importante, pero no supiera si eso me da alivio o me inquieta más. Pensar que tal vez no sé quién soy. O peor: que lo que creo ser es solo una versión que armé sin saberlo, con pedazos de cosas que no elegí.

Y por alguna razón, en medio de todo eso, hay una sensación que no se va: la sospecha de que no me conozco realmente. Que no sé quién soy, y que tal vez nunca lo he sabido.

Por eso me llama la atención la música: ¿qué clase de información puede haber en ella? Es decir, sin considerar el mensaje obvio de algunas letras de canciones, sino, por ejemplo, melodías, armonías de sonidos, patrones de ritmo, ambientes, mezcla de timbres y texturas. ¿Qué juicio puede haber en ellas? ¿Cómo es posible que un montón de frecuencias superpuestas, mezcladas con silencio, puedan hacer que mi cuerpo pida moverse, que mi piel se erice, que emerja dentro de mí la palabra belleza?

Por supuesto que hay un cierto grado de influencia cultural y social sobre el tipo de música que a cada quien le apetece escuchar. Pero fuera de las preferencias, creo yo que el gusto —por no decir la necesidad o el instinto musical— es universal. La música interna no es artificial: encontramos instrumentos, los fabricamos, los inventamos solo para poder sacar, expresar esos mensajes, esa información que brota sin ninguna razón y sin una aparente utilidad práctica.

Gastamos tiempo, energía, sudor y una exquisita alegría en este evento de hacer y escuchar música, aunque no tenga ninguna utilidad moderna, industrial o productiva, salvo la de entretener (¿jugar, diría yo?).

La experiencia de libertad está detrás de la cesación de la necesidad de controlar. Jugar es estar dispuesto a la improvisación. Recuerdo que, cuando era niño, jugar siempre fue lo más importante para mí: inventar historias, imaginar paisajes, naves, villanos, poderes, dramas, venganzas. Esa improvisación del arte puro, del juego inocente.

La experiencia de sudar, reír, sentir la adrenalina de que te encontraran o que te alcanzaran, o que esa bomba ficticia explotara…

¿Cuántas explicaciones podría encontrar para el sentido que le dan los humanos al juego? Desarrollo, adaptación, representación, vínculos, pertenencia, simbolismo del ser y del hacer, sentido de lo bello y bien hecho, danza entre ilusión y verdad.

Una vez leí esta frase que me pareció acertada: “Madurar es aprender a jugar en serio”. Y creo que es verdad: seguimos jugando, pero ahora lo hacemos con tanta seriedad que confundimos el juego con nuestro valor. Como si perder fuera fracasar, como si no destacar fuera no valer, como si el hecho de que nos incomode fuera suficiente para abandonar. Se nos olvida que, sin importar el patio, las reglas o el rol que tengamos, sigue siendo un juego. Y que tomarlo demasiado en serio es, quizá, la verdadera ilusión.

Crear lo que llaman realidad intersubjetiva, es decir, esa realidad que surge a partir de lo que varios sujetos creen que es verdad —como las religiones, el dinero, los movimientos políticos, o el «buen gusto en cine». Del juego nacieron los primeros relatos que entrenaron mi mente para imaginar mundos posibles, y más tarde, aceptar como reales las ficciones colectivas: leyes, modales, productividad… y también su contraparte: lo inútil, lo libre, lo lúdico.

El arte entra en un terreno totalmente distinto —intersubjetivo también—, pero su función, si es que tiene una, es permitirnos acceder a un mundo nuevo, inventado, seguro, creativo, sin una utilidad aparente. Crea una realidad intersubjetiva de duración corta e infinita. Mientras la obra es vista, escuchada, leída, experimentada, nadie dicta las reglas de lo que ese mundo debe decir o hacer sentir. No hay dictaduras, no hay expectativa. Hay creación pura.

Estas realidades y reglas que la masa —el mundo— cree: narrativas que sostienen tendencias, mercados, creencias de todo tipo, desde la resurrección hasta el terraplanismo… ¿cómo estas mismas historias retroalimentan al individuo y lo hacen creer que es algo que no es? ¿Soy en verdad libre? ¿Por qué creo lo que creo o me gusta lo que me gusta?

Parece que a la mayoría nos basta con un poco de scroll y unos cuantos “me gusta” en una publicación de Instagram para reencontrarnos a nosotros mismos (dejándole ese sucio trabajo a un algoritmo).

El sabio Milarepa, en el siglo IX, dijo: “Mi religión es simple, quiero morir sin arrepentimientos.” Es seguro que voy a morir. Pero no hay nada que me garantice que moriré sin sufrimiento ni arrepentimientos. No hay riqueza, logro, mujer, hombre, perro, gato, seguidores, título, que me asegure la felicidad o la paz genuina.

¿Qué necesito para aprender a jugar en paz? Creo que conocerme a mí mismo y evitar por completo los juicios. Las filosofías orientales dicen que el ser humano es esclavo de sus velos o ilusiones, y que estos nacen de la ignorancia fundamental de no saber quién realmente es. Nuestra conciencia, conforme crecemos, jugamos y somos influenciados por la cultura, se disocia, se fragmenta y se aleja de su estado original. Como si viéramos el mundo desde dos lentes que separan en blanco o negro, reduciendo la realidad a extremos.

Considera así: la felicidad no se consigue, se libera, mediante la eliminación de capas y capas de sufrimiento, ignorancia y orgullo. Creo que la vida, como la entiendo, es un juego, donde cada uno representa un rol, interpreta un personaje, reacciona a lo programado por el guion que le fue entregado y que ha aceptado sin cuestionarlo.

Tal vez jugar en paz sea justamente dejar de seguir ese guion, y caminar hacia otro nuevo, donde la esperanza no sea el común denominador de mi motivación, sino la verdad y el gozo.

Pero incluso ese nuevo guion, esa búsqueda de verdad y gozo, no nace de mí solo. Como todos, estoy hecho de fragmentos. Lo que pienso, lo que escribo, lo que me motiva, está influenciado por libros que leí, personas que escuché, películas que veo cada año sin falta, ideas que absorbí sin saberlo. Creo que nunca estamos realmente solos. El juego en esencia es compartir —acompañado o en soledad. Y si jugar en paz es liberarse del personaje, regresar al Ser, quizás también sea celebrar que no somos originales: que estamos hechos de miles de voces, de generaciones, de momentos compartidos y de espuma de mar. ¡A la chingada con ser original!.

No voy a gastar más energía en inventar un yo perfecto, y haré todo lo posible por no juzgar tu juego, ni el mío, ni el de nadie.

Quizá, mezclados, cada uno como una frecuencia, seamos una hermosa sinfonía… o el sonido de algún gigante y melancólico animal, que sufre de dolor, pero aún puede jugar en paz.

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