La carta del loco

Escritos del viaje del ser

Fuego

Yo no sabía, pero dicen que el fuego vuelve la tierra más fértil. Los viejos dicen que, a veces, la tierra se mueve sola, que del fondo emergen rayos. O simplemente que un día, en una hora bien entrada del día, con el calor, todo el aire se contrae, como si el bosque aguantara el aliento, sabiendo que algo va a ocurrir. El sol, despiadado, enciende la maleza, y un sonido de crujir y de euforia retumba desde lo lejos. Grandes brazadas de fuego tumban, sacuden y ahogan todo a su paso. Ese dolor asfixiante no deja escapar nada. Se mueve sin tregua, se expande sin límite, agota cualquier caricia de aire. La vida se extingue; el silencio y el vacío de la muerte toman el lugar de todo el paisaje. La luz será cubierta, por buen tiempo, por el espíritu del humo. Eso es perder a un ser amado: un fuego que arrasa, que deja el alma y el corazón desolados, huecos, perdidos y desilusionados.

El otro día hablaba con mi hija mayor sobre la muerte de mis seres queridos: mi madre y un tío que fue como un padre para mí. Le dije que me di cuenta de que, conforme pasa el tiempo desde su partida, comienzan a emerger semillas que ellos sembraron, con un cariño, con una intención casi inconsciente, dedicada a que yo pudiera crecer, a que pudiera madurar espiritualmente. Que, poco a poco —por así decirlo—, el bosque comienza a recobrarse.

Me encuentro pensando cosas desde la perspectiva del ausente, recordando pasajes muy escondidos, aprendiendo de sus errores. El peso de momentos que daba por perdidos cobran una fuerza desgarradora: fotografías, gestos, gustos que creía míos… y que en realidad fueron sembrados por esa interacción inmaculada entre dos almas que tenían que aprender una de la otra.

Aprendí el dolor y el sufrimiento que deja lo inminente, la impotencia, el vacío, un tremendo hueco que jamás se va a llenar. Quedará ahí, hasta que a mí me toque entregar las cuentas.

Seguí adelante, a pesar de las brasas y del asfixio, porque el fuego deja la carcajada, pero luego llega una calma que no es calma: es calma moribunda, dolorosa, rumiante. Es soledad. Es llegar y no ver ahí la figura. Es el silencio de su voz, que ya no viaja por el aire de la penumbra de la sala, o del pasillo. Todo parece extrañamente quebradizo.

Es despertar a la hora precisa en la que hacía algo que ya no se hace más. Es una calma que, al principio, se siente maldita, venenosa.

Pero, sobre todo, es una calma que deja en silencio una parte dentro de mí: la parte que ocupaba ese que ya no está. Y es ahí donde comienza la transformación, la redención. Muy lento, como no queriendo.

Entonces vemos el campo negro.

Pero, después de varios meses —que parecen años—, llegan nuevos aires, y con ellos algunos silbidos diáfanos de aves.

Por debajo de todo eso hay vida latente, en suspensión. Una vida que fue dejada ahí, como fruto del sacrificio. Para una nueva vida. Para una nueva —distinta, algo extraña— primavera.

Pero aún falta tiempo. Falta que me empuje más el aire. Faltan algunas nubes negras. Falta el agua purificadora.

Faltan animales intrusos que vayan de paso.

Y todo lo inerte, lentamente, comienza a ser aprovechado como un mineral indispensable.

A mi madre le agradezco, por supuesto, la vida.

Pero sobre todo, la lección de aprender a vivirla con el valor del trabajo, de lo honrado, de lo honesto. También me enseñó el equilibrio entre la modestia y la calidad; el amor por los niños, por educarlos, por jugar con ellos. Me transmitió la compasión de saber que están apenas iniciando un camino cuyo final es inevitable.

Me dio la valentía de aceptar que no sabemos qué hay después de irnos. Hablamos mucho de eso: de lo mágico, de lo sobrenatural. Ella me enseñó a expandir mi manera de entender el mundo: la Kábala, la meditación… Me acercó a la imagen de un padre que no conocí, como si lo reconstruyera en su memoria para regalármelo como alguien único.

Me ayudó a nutrirme de él, a pesar de su temprana ausencia.

Me regaló la música.

Me regaló a mi hermano, que para mí es una persona profundamente admirable.

A mi tío Antonio le agradezco el amor por los perros, los seres más fieles y maravillosos para mí. Me encanta que existan, me acompañaron siempre, y gracias a él tuve de todos los tamaños y colores.

Él me enseñó la compasión, el juego, la diversión. Pero, sobre todo, me hizo sentir muy especial cuando era niño. Refinó mi gusto por la música y la comida.

Y, sin embargo, la lección que más me conmueve es otra: que en la vida existen mujeres como su esposa —mi tía—, que están contigo hasta el final, sin importar que pase.

Asi uno se va deshaciendo en pequeños pedazos de vida, aunque sobreviva de ti un solo brazo —o con un único respiro—, ellas te cuidarían con tanto esfuerzo y tanta dedicación como solo un santo puede hacerlo.

Uno tiene que ser muy querido por Dios para cruzarse con un amor así en la vida.

Hay bosques secos que nadie riega.

Hay bosques que se quedan estancados, en pantanos de rencor y venganza.

Los hay sin árboles ni pinos hermosos, sin animales ni fábulas que los habiten.

Y también hay otros infestados de lobos y criaturas iracundas.

Todos somos un bosque distinto, arrasado y dolido por distintas causas.

Cada uno carga sus propios fantasmas y espíritus.

Nubes distintas transitan sus cielos.

Pero todos, en algún punto y a su particular manera, tienen ciclos para florecer, para madurar.

Todos dan vida. Todos tienen el don de la creatividad, a su manera.

Creo que ahora puedo comprender mi responsabilidad sobre ese bosque propio: quererlo, no juzgarlo, alimentar aquellas semillas de buena hierba que otros dejaron.

Prepararse para la muerte, para la extinción, también es parte de esa responsabilidad.

Y sé que suena fatal, sombrío. Pero si lo analizo, si lo integro con madurez, es mejor afrontarlo que negarlo; mejor eso que ahogarlo en hábitos, en relaciones malsanas, en deberes impuestos.

Liberarse de los dogmas, entender que los otros también sufren, es parte del camino.

Dejar semillas de bellas formas de vida. No por la pretensión de trascender o hacerme inmortal de algún modo, sino con la intención y la aspiración de contribuir al bienestar de los demás, y de invitar a que miren con paciencia la riqueza que nos deja el fuego.

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