La carta del loco

Escritos del viaje del ser

Cultivar la simpleza

Person in hooded jacket holding lantern inside cave looking at stormy sea with lightning

Introducción

La mayoría queremos bienestar y calma. Queremos ese momento en el que, por fin, podemos respirar profundo y sentir que lo logramos. Despertar con entusiasmo por lo que puede traer el día.

Pero la realidad llega rápido.

El celular enciende su pantalla y su luz nos atrae. Aparecen noticias pesimistas de la ciudad y del mundo. Una ligera tensión recorre la base del cuello hacia los hombros.

Ya que estamos ahí, abrimos los mensajes del trabajo. Los pendientes que no terminamos no se han ido. Esa incomodidad interna nos empuja a abrir la red social favorita, como si necesitáramos una pequeña dosis de distracción.

Sin darnos cuenta, pasaron veinte minutos. Ahora hay que apresurarse.

Este ritmo moderno deja poco espacio para la calma. Y en medio del ajetreo constante de una sociedad hiperconectada y productiva, la simpleza no es una opción viable.

Esto que nos pasa no es casual. Es más profundo de lo que parece.

En la tradición Sakya del budismo tibetano, el lama Rinchen Gyaltsen propone algo sencillo, pero eficaz: la calma no se encuentra añadiendo más cosas a la vida, sino simplificándola.

Y ese proceso comienza por entender algo fundamental: la mente, el cuerpo y el entorno no están separados.

Hábitos actuales

Como usuarios de teléfonos celulares, pasamos gran parte del día en el aparato. Muchas veces es lo primero que hacemos al despertar. Actividades cotidianas, desde comunicarnos en el trabajo hasta comprar comida, ahora se realizan desde aplicaciones. Es probable que estes leyendo esto en uno.

El entretenimiento moderno ya no requiere salir ni interactuar con el entorno. El scroll en redes sociales puede durar hasta media hora sin una intención clara. Nuestro pulgar cambia de una ventana a otra cada pocos segundos. Estas plataformas están diseñadas para mantenernos enganchados. ¿Quién no reacciona al sonido de la «campanita» o el vibrar de un celular en la mesa?

Es común ver a alguien trabajando en una hoja de cálculo mientras escucha un podcast. Como si el cerebro estuviera diseñado para hacer varias cosas al mismo tiempo. También es cada vez más frecuente ver a un niño con un celular a pocos centímetros de la cara. ¿Cuántos accidentes de tránsito se deberán al uso del móvil? El entorno se adapta y se diseña para la multitarea constante.

Miles de «influencers» nos dicen que hacer para ser más productivos. Este ritmo fragmentado ha contribuido al aumento de la ansiedad en las últimas décadas. Al mismo tiempo, surgen nuevas aplicaciones o «gurus» que prometen ayudarnos a meditar o a dormir mejor.

No más vacíos

Como seres humanos tenemos necesidades profundas: conectar con otros, saber lo que pasa a nuestro alrededor, ahorrar tiempo y energía, sentir pertenencia. El teléfono inteligente reduce la distancia entre esas necesidades y su satisfacción.

Pero al hacerlo, también elimina algo que antes era natural: los vacíos.

La espera desaparece. El siguiente estímulo está siempre disponible. Las opciones de consumo son prácticamente infinitas y la comparación social ocurre en tiempo real. No hay un momento claro para detenerse.

Hace unas décadas había que esperar días para ver un episodio de nuestro programa favorito en la televisión. Hoy podemos ver temporadas completas en un fin de semana. Antes un solo teléfono servía para toda la familia; ahora cada persona tiene el suyo. Los noticieros duraban una hora; hoy podemos consumir decenas de noticias en minutos.

La inmediatez dejó de ser una ventaja. Se volvió el referente de vida. Se convirtió en sinónimo de progreso.

Hacía la cueva

Aun dentro de esta inercia, tenemos la capacidad de pausar.

Sé que parece increíble pero no todo está definido por el ritmo externo. Parte del problema es que dejamos de cuestionar qué es valioso para nosotros. Soltamos las riendas y en medio de tantos mensajes que nos dicen que desear, perdemos nuestro camino de referencia.

Un primer paso hacia el equilibrio es alejarnos de la saturación. Bajar los decibeles. Dejar de acelerar.

Si el problema es la cantidad de estímulos, la respuesta no está en hacer más, sino en reducir. Crear espacios de silencio donde podamos observar con mayor claridad. Quitar en lugar de poner. Y no hablo solo de tecnología, aplica también para personas, sustancias o auto exigencias.

La tradición tibetana utiliza el arquetipo de la cueva para representar este proceso. No se trata necesariamente de aislarnos del mundo, sino de elegir conscientemente a qué le damos acceso. En otras tradiciones, esta idea también aparece representada de forma simbólica. En el tarot, por ejemplo, existe la figura del ermitaño: un hombre que cuida sus pasos, sosteniendo una lámpara que ilumina su propio camino.

Puede ser tan simple como establecer límites: horarios para redes, momentos sin estímulos, o espacios dedicados a estar en silencio. Desde ahí, empezamos a reconocer qué actividades realmente nos aportan valor.

El entorno como cuerpo

Sabemos intuitivamente que la mente y el cuerpo no están separados. Una imagen graciosa puede doblarnos de risa. Un postre después de un día duro puede sentirse como consuelo. Un recuerdo puede alegrarnos durante horas, y una preocupación puede tensarnos el ceño sin notarlo. Incluso, como observó Daniel Kahneman en su libro «Pensar rápido, pensar despacio», ciertos esfuerzos mentales alteran respuestas físicas tan sutiles como la dilatación de las pupilas.

El entorno parece ser una extensión de nuestro cuerpo. El ruido, la luz, los espacios, incluso ciertos colores pueden modular el humor, la atención y nuestras decisiones. No es casualidad que encontremos relajación en el mar o en un bosque. Tampoco parece casual que paisajes estériles de cemento puedan sentirse psicológicamente «sin vida». La hipótesis de la biofilia incluso sugiere una afinidad innata hacia lo vivo.

Algunos espacios entienden esto muy bien. Los casinos manipulan luz, sonido e incluso olores para alterar la percepción del tiempo y mantenernos inmersos. Diseñar un ambiente es, en cierto sentido, diseñar estados mentales.

Solo observemos el cuerpo. Una pierna inquieta, dedos que se estrujan, uñas mordidas frente a una escena tensa o un nuevo email. El cuerpo muchas veces expresa la inquietud del ambiente antes de que la mente la nombre, asi estamos diseñados por naturaleza. El ambiente se convierte en un reflejo natural e interno.

Solemos pensar que somos protagonistas absolutos de lo que nos ocurre, pero muchas condiciones que moldean nuestro estado mental vienen dadas por el entorno. No controlamos el tráfico, las filas, el ruido, ni muchas de las personas con las que nos cruzamos.

Pero entender esto no nos vuelve impotentes; nos vuelve más conscientes. Podemos pasar de la pasividad a la acción. Quizá no podamos controlar todos los estímulos allá afuera, pero sí decidir cuánto exponernos a ellos. No elegimos a toda la gente que encontraremos, pero podemos cultivar cómo reaccionamos.

Evitamos lugares y situaciones que no nos gustan, pero nos aferramos sin límites a los estímulos que nos atraen, alterando lo que vive en nuestro pensamiento. Quiza ahí empieza el ruido interno. Queremos que no haya filas en el banco, tráfico en la calle o ruido en el autobús… y al mismo tiempo buscamos constantemente más estimulación para sentirnos mejor.

Tal vez comprender cuánto sacrificamos de nuestro estado mental y físico al exponernos sin criterio sea suficiente para empezar a elegir mejor.

La simpleza

Tendemos a pensar que para sentirnos mejor debemos agregar algo: más control, más herramientas, más estímulos.

Pero ¿Y si el bienestar no se encuentra acumulando, sino despejando?

Simplificar no significa dejar de desear ni abandonar proyectos. Significa aprender a discernir qué es bueno, qué es saludable, qué realmente nos beneficia.

Es cambiar cantidad por calidad.

La inmediatez por lo significativo.

Simplificar no es perder, es aligerar.

Cuando reducimos capas de ruido, nuestro ritmo cambia. Aparecen espacios de silencio. Y en ese silencio, la mente empieza a ver con más claridad.

Parte del malestar moderno viene de querer vivir sin límites. De exigirnos más de lo que podemos sostener.

Simplificar es aceptar esos límites con cierta amabilidad. No es resignación, es autodirección (auto estima).

Hacer lo mejor posible con lo que tenemos, sin aferrarnos a un resultado perfecto, sino al proceso.

En esa forma de vivir, disminuye la fricción interna, las deudas emocionales. Y con ello, aparece una sensación más estable de bienestar, de ligereza.

Quizá la claridad — asi como la creatividad — no necesita más estímulos, sino menos interferencia. Menos envoltura más producto.

El cambio no empieza con grandes decisiones, sino con pequeñas pausas. Detenernos unos minutos. Sentir el cuerpo. Observar en qué invertimos tiempo, energía y atención. No para juzgar, sino para aceptar.

Este espacio, si lo cultivamos, se va a volver más valioso que cualquier estimulo externo. Porque al observarnos con mayor claridad, podremos distinguir que realmente nos nutre… y qué es solamente paja que llena el espacio.

¿Qué queda cuando reducimos lo innecesario?

¿Qué actividades realmente nos completan?

La cueva

La cueva es una de las fases clásicas en el camino del dominio de uno mismo. Tradicionalmente, se hablaba del retiro del yogui: alejarse de la ciudad, del ruido, incluso de la interacción cotidiana, para encontrar claridad en el silencio.

Para nosotros, esa imagen puede parecer una fantasía. No es necesario aislarnos del mundo, pero sí entender el principio: reducir la exposición a los estímulos que nos alteran.

Entrar en la cueva hoy puede significar algo más realizable: limitar la exposición a ciertos ambientes, personas o hábitos que sabemos que nos inquietan. No se trata de evitar la vida, sino de elegir mejor a qué le damos acceso.

A veces la cueva es un espacio físico —un momento del día en casa, un lugar silencioso—. Otras veces es una decisión: dejar el celular en modo avión, pausar antes de reaccionar, retirarnos un momento del ruido.

Es, en esencia, una práctica de prevención: evitar condiciones que nos llevan a reaccionar automáticamente.

Autorreflexión

Pero reducir estímulos no es suficiente. También necesitamos entender en qué estamos invirtiendo nuestra energía.

Podemos pensar nuestra energía como una moneda. Y nuestras actividades, como inversiones. Algunas nos nutren. Otras, sin darnos cuenta, nos drenan.

Por eso, se recomienda al aprendiz llevar una bitácora. Un registro sencillo de cómo invierte su energía mental, física y emocional a lo largo del día.

No para juzgar, sino para observar.

¿Qué me hizo reaccionar hoy?

¿En qué invertí mi energía?

¿Qué actividades me aportaron valor y cuáles no?

Lo que no se observa, difícilmente se transforma. Lo que no se mide, no se puede mejorar.

No juzgar

El reto es integrar esto sin convertirlo en otra carga.

Quizá ayuda verlo como una forma de higiene mental. Así como cuidamos el cuerpo antes de salir, también podemos limpiar el ruido de la mente.

No hace falta hacerlo perfecto. Bastan pequeños espacios: quince minutos en el día, una pausa inesperada, un momento antes de dormir.

Podemos apoyarnos en recordatorios, en rutinas existentes, o en momentos de transición.

Lo importante no es la duración, sino la constancia.

Y cuando no lo hacemos, simplemente volver. Sin juicio.

Porque juzgarnos también consume energía.

Juzgarnos es como seguir gastando en una inversión que ya sabemos que no funciona.

Como en cualquier aprendizaje, necesitamos equilibrio: que la práctica no sea tan compleja que la abandonemos, ni tan simple que pierda sentido.

No se trata de aislarnos del mundo, sino de crear espacios donde podamos recargarnos y ver con más claridad.

Esto es una inversión segura.

Al menos, Tener nuestra mente

Para todo se necesita mente.

No se puede disfrutar ningún logro sin cierta claridad mental. Y difícilmente podemos sostener cualquier camino si no disponemos de nuestra atención.

Cultivar calma no elimina los retos, pero cambia la forma en que los vivimos. Nos da lucidez para elegir cómo actuar ante cada situación. Poco a poco, empezamos a inclinarnos por lo que es bueno y saludable, no por impulso, sino por reflexión.

La mente se vuelve un terreno más fértil. La creatividad aumenta. Los momentos se sienten más presentes, y por lo tanto, más satisfactorios.

Ese vacío que a veces aparece no siempre es ausencia de algo. Muchas veces es exceso de ruido. Falta de silencio.

Y en ese silencio, cuando reducimos la comparación y dejamos de reaccionar constantemente, empieza a construirse algo más estable: una relación más honesta con nosotros mismos.

¿Quién soy cuando no estoy reaccionando?

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